Compartiendo mi práctica de yoga con los demás

Compartiendo mi práctica de yoga con los demás

Recuerdo la primera práctica en la que empecé a “enseñar” yoga. Y escribo “enseñar” con comillas porque nunca me ha parecido el término adecuado para definir la aplicación de mis conocimientos hacia los demás. Mi primera práctica como instructora fue con niños. Acababa de obtener mi certificado como monitora de yoga infantil y no veía el día de empezar a compartir mi práctica con ellos. Tuve mucha suerte. El centro donde normalmente acudía a realizar mi práctica pronto me confió unas cuantas sesiones con los más jóvenes. ¡Qué ilusión!

El primer día lo recuerdo perfectamente. Mi práctica con ellos bien preparadita. No estaba nerviosa, todo lo contrario. Estaba feliz. También me ayudaba mucho el hecho de que me sentía segura. Haber sido maestra en un colegio durante 9 años me había dado las tablas necesarias para encontrarme como pez en el agua con los pequeños. Además, iba preparada: 45 minutos en los que estaba todo programado para que no se me quedase ningún cabo suelto. Me encantó la primera experiencia. Lo pasamos genial. Pero de los 45 minutos que llevaba preparados, creo recordar que sólo cumplí con un tercio de esa programación. El resto de la práctica fue fluyendo poco a poco. Mi primer aprendizaje: en la práctica de yoga, como en muchos aspectos de la vida, no hay nada establecido. Tras unas cuantas sesiones con ellos yo era la primera sorprendida. No era yo la única que les aportaba mi conocimiento. El aprendizaje era mutuo, recíproco. Segundo aprendizaje: no estaba enseñándoles yoga. Estaba compartiendo mi práctica con ellos.

Me gustó tanto la experiencia que, tal y como comenté en uno de mis artículos anterioresAutora meditando en el Retiro de Yoga La Tejana, seguí ampliando conocimientos para poder seguir compartiendo mis conocimientos no sólo con niños sino también con adultos.

Qué diferente me estaba resultando todo aquello a mi anterior profesión. Y yo que en un principio pensé que se iba a tratar de lo mismo: de enseñar a los demás. ¡Qué gran equivocación!

Para ser sincera, tampoco es que lleve tanto tiempo con mi yoga y tampoco es que tenga decenas de títulos colgados en mi sala. Ni una cosa, ni la otra. Pero si es verdad que puestos a comparar, mi formación de yoga al principio se me pareció mucho a cuando obtienes el carnet de conducir: la formación teórica (que no la práctica) no es tan larga como una carrera universitaria ni como un ciclo formativo y si seguimos con la comparación, realmente empiezas a “enseñar” yoga cuando sigues tú sola el camino compartiendo tu práctica con los demás, sin tu maestro, de la misma manera que empiezas realmente a enfrentarte a la carretera  cuando tienes que interactuar con los demás conductores sin tu profesor de autoescuela en el asiento de al lado.

Partiendo de la base de que para mí lo más importante es estar rodeada de personas maravillosas, ha llegado un momento en mi vida en el que me encanta lo que hago. Me siento muy afortunada por poder disponer de un espacio en el que disfruto de lo que el yoga me aporta y sobre todo me gusta compartir ese espacio con los demás. Me Grupo haciendo yoga en el retiro de La Tejanaencanta seguir profundizando en diferentes aspectos no solo relacionados con el yoga, sino con todo lo que me permita llevar la vida que me gusta. Mi biblioteca personal se va llenando de libros que devoro y que me permiten profundizar cada vez más en lo que realmente me hace enriquecer como persona. Además empiezo también a ser más selectiva con mi formación, teniendo en cuenta que me interesa ante todo la calidad de lo que aprendo y no tanto la cantidad.

Sin embargo, lo que verdaderamente me ha hecho crecer y me hace plenamente feliz es lo  que obtengo de los demás durante una práctica o un retiro: un abrazo profundo de agradecimiento, una mirada de felicidad, un logro personal, una sala llena de personas encantadas con lo que hacemos, un “no quiero que se termine” y un “volveremos”… No se puede pedir más. Namasté.

 

Por Victoria Galván

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