Mi experiencia con el yoga

Mi experiencia con el yoga

Hasta hace unos diez años, no tenía ni idea de que el yoga existía. Miento. Sí que sabía que el yoga existía, pero nunca pensé que fuera para mí y mucho menos que fuera a llegar a formar una parte tan importante de mi vida.

En bici por SuizaPor aquella época, el destino me llevó hasta Suiza en pleno invierno y se encargó de asegurarse de que a diez metros de mi casa hubiese un estudio de yoga.  Al principio no le di importancia. Sin casi conocer el lugar y a la gente, mis días se limitaban a bajar al supermercado, a ir de un lado al otro en bici para ir familiarizándome con todo aquello, a ver los escaparates de las tiendas decoradas por Navidad… aunque todo hay que decirlo, deseando llegar a casa para entrar en calor, ya que una no estaba acostumbrada a pasar tanto frío.

Los primeros días pasaba por delante del estudio, el de yoga, miraba por el cristal a ver si podía ver algo de lo que se hacía dentro, veía cómo la gente entraba y salía, pero seguía a lo mío, como si aquello no fuera conmigo. Lo mío era otra cosa, no sé el qué, pero otra cosa. Eso era para otro tipo de gente,  gente mística, espiritual, calmada, con mucha flexibilidad…  y yo no era nada de eso, o eso creía yo. Afortunadamente, el tiempo y el yoga me hicieron cambiar de opinión.

Llegó el día en el que me cansé de hacer siempre lo mismo. Por sInvierno en Suizauerte o por desgracia el centro de la ciudad estaba a un par de kilómetros de casa, y era mucho el  frío y pocas las  ganas de coger la bici. Pero necesitaba hacer algo diferente y allí estaba aquel estudio… tan cerca… ¿Por qué no? Pensé yo. Vas, pides información, pruebas, y si no te gusta, a otra cosa mariposa. Y así fue. Fui, pedí información y probé.

He de reconocer que cuando entré e hice mi primera práctica, se esfumaron todos mis prejuicios. La gente era “normal”, como yo. Y lo más curioso de todo es que en un principio pensaba que el yoga daba igual, que lo importante de todo aquello era que por lo menos iba a hacer amistades y encima iba a practicar el idioma. Y si es haciendo yoga, pues haciendo yoga. Eso es lo de menos. ¡Qué equivocada estaba!

Poco a poco fui cogiéndole el gusto. Para ser sincera, de las cosas que más me sorprendieron en un principio, es de la edad de los monitores del estudio. Ninguno bajaba de los sesenta años, y es más, la monitora principal bien podría llegar a tener unos ochenta y pico. ¡Cómo se movía aquella mujer y qué serenidad desprendía con cada palabra! En una de las charlas, alguien a quien también había sorprendido lo mismo, hizo la pregunta (es una pena que le demos tanta importancia a la edad). Me quedé sobre todo con la información que nos dio una de ellas. Tenía sesenta y tres años y había comenzado a practicar yoga a los cuarenta y siete… y yo pensando que yo ya era “algo mayor” a mis treinta y pico para empezar a hacer algo nuevo. Cómo cambió mi forma de pensar en ese momento. He de decir que muchas veces utilizo este hecho como anécdota cuando alguien me dice que es demasiado viejo para empezar a hacer algo nuevo. ¡Nunca se es demasiado viejo para hacer algo nuevo!

Me sorprendí a mí misma con mi voluntad para salir de casa e ir a practicar. Lo que en un principio surgió como una excusa para mantenerme ocupada, se convirtió en algo que poco a poco me fue cautivando. Primero fue la sensación de relajación con la que salía de aquel sitio. Y esa sensación fue la única a la que le presté atención durante un buen tiempo. Es verdad que durante la práctica todo me costaba. Cualquier asana, por sencilla que fuera, me costaba, porque cuando estaba convencida de que la estaba haciendo perfecta, venía la monitoria y me ajustaba y era entonces cuando empezaba a trabajar de verdad, ya no sólo física, sino mentalmente.  Además, disimuladamente me fijaba mucho en la gente. Menos en mí, me fijaba en todo el mundo: en el que yo pensaba que lo hacía bien, en el que le costaba más… El aprendizaje más valioso llegó cuando empecé a centrarme en mí misma, en mirar hacia adentro en vez de hacia afuera. Empezaba a no estar pendiente de los demás. No estaba allí para competir, ni para ver quién lo hacía mejor o peor. Estaba allí por y para mí. Aquel fue el mejor descubrimiento.

Mi estancia en Suiza no duró mucho. No pude con aquel clima ni con aquella forma tan "perfecta" de vivir. Pero sí que tengo que agradecer a ese país mi primer contacto con el yoga, pues fue la mejor experiencia que me llevé de allí.

Ya de vuelta a casa, uno de mis principales objetivos fue buscar un sitio en el que practicar que me transmitiese algo parecido a lo que había experimentado. Y lo encontré. Y otra vez tuve mucha suerte, porque esta vez también estaba muy cerquita de casa. Nuevamente el destino me lo había puesto fácil. Y recuperé mi práctica.

Autora haciendo yoga en centroTuve también mucha suerte con los maestros del centro, con Cristina, con Manu, con Paula… Creo que son de las mejores personas que me podría haber encontrado en este camino. Aprendí, y sigo aprendiendo, mucho de ellos en todos los sentidos. Recuerdo que una vez, en una de las charlas que compartimos a veces durante la práctica, uno de ellos nos dijo: “cuando somos principiantes en yoga, y cuando digo principiantes me refiero a cuando llevamos dos o tres años haciendo yoga…” No sé qué más dijo, pero eso se me quedó grabado en la mente.” O sea, que yo que llevo sólo algunos meses, ni siquiera soy principiante”, pensé. “¡Soy menos que principiante!” Al principio me costó entenderlo, porque veía muy lejos eso de llegar a ser buena en yoga. Pero una vez más me di cuenta de que había entrado en juego el espíritu competitivo que ya había aprendido a desechar en las primeras prácticas. Aprendí que el objetivo no es llegar a ser buena. De hecho no hay objetivo. No hay que llegar a ningún sitio. Simplemente hay que ser constante, avanzar, disfrutar, crecer…

En todo el tiempo que llevo practicando he pasado por diferentes etapas. Empecé por periodos en los que, aunque me gustaba y salía muy beneficiada de la práctica, mi voluntad no era lo fuerte que yo quería y si no pagaba la cuota por practicar, no era constante.  Desgraciadamente muchas veces es lo que ocurre, que el dinero es lo que te hace ser constante. Si no hay dinero de por medio, no te haces responsable. Pero bueno, no hay mal que por bien no venga. Todo suma. Superada la fase de la constancia, empezó la fase de tener voluntad para hacer yoga no solo en el estudio, sino también en casa. Pero no era lo mismo. Pensé en practicar tempranito. Ponía el despertador para despertarme antes y aprovechar el silencio de la mañana, pero no funcionó. La cama era demasiado “posesiva”, por decirlo de alguna manera. Pensé en intentarlo por la noche, pero llegaba muy cansada y en casa hay mucho que hacer, así que seguía limitando mi práctica a los días en que iba al centro.

Sin embargo, todo va llegando y poco a poco las ganas de hacer yoga fueron más grandes que las de no hacer, así que unas yoga en el exteriorveces en el centro,  otras en casa, y otras en el exterior, empecé a practicar casi todos los días.

Más tarde llegó la que considero la etapa principal, que es cuando parece que gracias al yoga empieza a haber un entendimiento entre tu cuerpo y tu mente. Tu manera de ser y tu forma de vivir, poco a poco, casi sin darte cuenta, empiezan a cambiar. Te das cuenta de que el yoga lo has venido aplicando a tu vida desde hace un tiempo: la manera en que reaccionas a situaciones concretas, cómo empiezas a ser consciente del momento presente, tu manera más calmada de expresarte, estar como más pendiente de lo de dentro que de lo de fuera…  

Por todo esto, quise llevar la práctica del yoga más allá. Formación yoga infantilQuise formar parte de los que quieren no sólo aprender, sino también de los que quieren ayudar a que otros aprendan.  Y en ello estoy. Los cursos de formación, entre otros, de monitora de yoga infantil primero y de monitora de yoga adultos posteriormente, me han ayudado mucho a profundizar en este maravilloso viaje.  La satisfacción de todos los que han confiado en mí para guiarles en este camino no tiene precio. Como tampoco tiene precio el aprendizaje que continuamente me llevo de todos y cada uno de ellos.

Me encantaría terminar con una cita del gran maestro Osho que dice así: “La vida no te está esperando en ninguna parte. Te está sucediendo. No se encuentra en el futuro como una meta que hay que alcanzar. Está aquí y ahora en este mismo momento. En tu respirar, en la circulación de tu sangre, en el latir de tu corazón. Cualquier cosa que seas, es tu vida y si te pones a buscar significados en otra parte, te la perderás.”

 

Namasté.

 

Por Victoria Galván

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